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sábado, 11 de septiembre de 2010

Últimos días de la víctima (1982) Adolfo Aristarain

-"Las mujeres solo traen problemas"- esa frase es pronunciada constantemente en las tres obras de Adolfo Aristarain que he tenido la oportunidad de visionar esta semana.

Parecen resumir que en su cine, inevitablemente y para desdicha de aquel inadaptado, miserable y añoso protagonista masculino, capaz de llegar al mismo infierno por intereses materiales; el camino siempre se le trunca por culpa de una fémina.

Aquí no hay excepción a esa regla. Aristarain vuelve a las calles para retratar el oficio puntual y metódico de un asesino a sueldo (otra vez un formidable Federico Luppi) un ser sin la menor compasión por el prójimo, a excepción notoria de un colega (Ulises Dumont, secundario de lujo de cada entrega del director) y de, por supuesto, unas cuantas mujeres que le saldrán al paso. Pero hay una en especial frente a la que su "ética profesional" comienza a flaquear, nada menos que la mujer de su siguiente víctima.

Me arriesgo a decir que esta sombría exposición de la solitaria vida de un artista del crimen no tiene nada que envidiarle a lo mejor del cine polar de Jean-Pierre Melville (Le doulos, le samourai) que Luppi está una vez más en estado de gracia, y que la trama laberíntica bien podría hacer orgulloso hasta al más versado literato nacido en tierras gauchas, Jorge Luis Borges.

Tiempo de revancha (1981) Adolfo Aristarain

Aristarain da un golpe más feroz y contundente a la sociedad argentina, denunciando el abuso de poder de las grandes empresas y las peligrosas condiciones a las que someten a sus empleados, quienes deben regirse además por un código de silencio, el llegar a romperlo les implicaría una confrontación tipo David y Goliat de la que no saldrán muy bien parados.

Federico Luppi interpreta magistralmente a uno de dichos obreros: Pedro Bengoa, un veterano dinamitero que al conocer el alto riesgo de su oficio en una mina de cobre decide junto a un cómplice iniciar un accidente y fingir que ha perdido la capacidad de hablar, para así lograr que la avariciosa empresa contratante les pague una cuantiosa suma que les permita el escape a una mejor vida.

El golpe no resulta como estuvo planeado en un principio, pero le da la oportunidad al sagaz obrero no solo de pelear por una indemnización justa sino también de exponer las corruptelas que los empresarios han maquinado en las minas; decisión socialmente valedera y justa, pero que terminará por hacer de su vida una amarga pesadilla en la que no se sabe en que momento se destapara la argucia fraguada, y peor aún si se piensa en las represalias que tomaran los poderosos contra su propia vida o la de su familia.

El realizador argentino ahora ya ha adquirido suficiente bagaje (narrativa y presupuestalmente hablando) como para relatar de forma más redonda otra historia de búsqueda vital "por las malas" una odisea que angustiará al personaje central y que jamás dejará limpia su conciencia, no importa cuán metódico este sea, siempre será visto por sus antiguos mandamases como un diminuto e insignificante bicho al que aplastar al menor asomo de un cabo suelto.

Hay una memorable aparición de Julio De Grazia (protagonista de la opera prima de Aristarain) como el artero abogado que instruye a Bengoa en su peculiar ardid.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La parte del león (1978) Adolfo Aristarain

La opera prima de Adolfo Aristarain es un gran aporte del país austral al cine negro. (no en vano la dedicatoria al final o el cuadro de Humphrey Bogart que cuelga en una pared) Pero adaptada al contexto latinoamericano. Personajes sumidos en la oscuridad extrema, en el violento y represivo régimen militar. Aquellos años en que la tortura, el homicidio y la desaparición forzada eran el modo más efectivo de arreglar cualquier asunto.


En medio de aquel anquilosamiento social y político, cruza las calles el solitario personaje encarnado por Julio De Grazia, un perdedor de mediana edad que a la menor oportunidad de lucrarse y labrarse un futuro sin más penumbras, decide acudir a la única gente en quien confía. Pero sin la ayuda esperada y al surgimiento de cuitas de mayor cuidado que las de antes, no tendrá otro remedio que ver como el pequeño soplo de vida que llevaba, aunque miserable y monótono, era más seguro y mejor de lo que ahora le espera.

Cine latinoamericano de calidad. Y mejor aún, hecho con agallas.